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Aceite vegetal: ¿cuál elegir?

Los aceites vegetales son compuestos orgánicos que se obtienen a partir de semillas u otras partes de las plantas y están conformados por ácidos grasos de diversos tipos. Estos aceites, por lo general se encuentran siempre presentes en nuestra dieta diaria, lo utilizamos tanto como condimento para cocinar como para almacenar alimentos.

Gracias a que son extraídos de frutos y semillas oleaginosas, se pueden obtener algunos componentes esenciales para nuestra alimentación, los cuales son ricos en ácidos grasos mono y poliinsaturados, idóneos para prevenir y tratar enfermedades cardiovasculares, las dislipidemias y mantener nuestro bienestar.

Desde luego, es fundamental elegir el aceite adecuado, pero es aún más importante comprender que es uno de los componentes indispensables de nuestra dieta, y que nuestra salud y bienestar se logran sobre todo con una alimentación sana y equilibrada, que implica el uso adecuado de todas las categorías de alimentos.

Aceite de oliva virgen extra y virgen.

Es por ello, que la dieta mediterránea representa el ejemplo claro y valioso para mantener la salud y, por consiguiente, el aceite de oliva virgen extra y virgen, siguen siendo los más recomendados, junto con pescados, frutas, verduras, legumbres y cereales. En especial, es rico en ácido oleico, pertenecientes a los omega-9 y es perfecto para contrarrestar el estrés oxidativo de los radicales libres y la hipercolesterolemia, disminuyendo los niveles de colesterol LDL y aumentando los niveles de colesterol HDL. Asimismo, permite una actividad protectora contra los tumores y una acción antiinflamatoria y antioxidante.

Si lo comparamos con otros aceites vegetales, el aceite de oliva tiene una menor cantidad de ácidos grasos poliinsaturados, pero gracias a sus compuestos hace más fácilmente que los alimentos menos perecederos sean perfectos para la conservación de alimentos, además de sus grandes propiedades terapéuticas.

Aceite de semilla de uva.

Este aceite que ha sido extraído de las semillas pequeñas obtenidas en las bayas de uva, tiene propiedades antiinflamatorias y antioxidantes, fortalece el sistema inmunólogo, aumenta los niveles de colesterol HDL, reduce los niveles de colesterol LDL y también ayuda a disminuir los niveles de triglicéridos. No obstante, debe ingerirse en pequeñas dosis para no superar la ingesta de omega-6.

Aceite de cacahuete.

Si es muy refinado, se puede utilizar para cocinar. El aceite de cacahuete es rico en ácidos grasos monoinsaturados y poliinsaturados, por lo que ayuda a reducir el colesterol. Es tal vez el más parecido al aceite se oliva.

Aceite de linaza.

Este aceite es rico en omega-3 cuando se obtiene mediante prensado en frío, ya que otros métodos de extracción que implican el uso de altas temperaturas y que son los más utilizados en la actualidad, alteran su composición.

Aceite de soja.

El aceite de soja es rico en omega-3 y omega-6. Para eliminar su oxidación, se acostumbra a realizar una hidrogenación fragmentaria del producto, lo que disminuye su potencial terapéutico del crudo.

Aceite de maíz y girasol.

Este aceite es rico en ácido linolénico, vitamina E y B6, niacina y ácido fólico. A pesar de ello, su alto contenido de ácidos grasos poliinsaturados los hace inservibles para cocinar y no ofrece las mismas propiedades nutricionales que el aceite de oliva.

En consecuencia, se recomienda el aceite de oliva como primera opción tanto en su uso crudo como en la cocción de alimentos. Hay que aclarar que las propiedades beneficiosas de los aceites se pierden en caso de que la dieta esté desequilibrada. También hay que tener en cuenta que el elevado aporte calórico del aceite, aunque es muy valioso desde lo nutricional, se debe limitar la cantidad para así evitar el exceso de calorías y, por ende, mantener el peso corporal.

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