Adolescentes asesinan a su amiga de 15 años tras engañarla y lo graban en vídeo
La historia de Leyla Monserrat Lares Becerra golpeó a México por varias razones al mismo tiempo. Tenía 15 años, fue engañada por dos adolescentes de su entorno y meses después su madre recibió un video del crimen.

Los reportes periodísticos y la información difundida por autoridades de Sonora coinciden en lo esencial. El 25 de septiembre de 2025, Leyla fue llevada con engaños a un domicilio en Sonoyta, Sonora. Allí, según la investigación citada por medios, dos menores de 13 y 15 años la ataron, le cubrieron los ojos y la asfixiaron con una cuerda.
Después, ocultaron el cuerpo. De acuerdo con reportes publicados en abril de 2026, el cadáver fue localizado el 2 de octubre de 2025 en el patio de una vivienda. La autopsia confirmó que la causa de muerte fue asfixia mecánica.
El caso ya era brutal por sí mismo. Sin embargo, el dolor de la familia creció todavía más cuando la madre de Leyla recibió, tiempo después, un video del asesinato. Esa pieza, enviada de forma anónima según versiones difundidas por medios, se convirtió en una de las pruebas más perturbadoras de todo el expediente.
La reacción pública fue inmediata porque no se trató de un ataque impulsivo en la calle. Según la narrativa del caso, hubo un engaño previo, una preparación del lugar y un registro en video. Además, las presuntas agresoras también eran adolescentes, algo que volvió el tema todavía más difícil de procesar para la comunidad.
El engaño que la llevó al lugar donde fue asesinada
Uno de los datos que más conmueve del caso es la forma en que Leyla llegó al sitio donde la mataron. Reportes citados por Univision, La Jornada y otros medios indican que las adolescentes la convencieron con la idea de una “sorpresa” que no olvidaría. Otras versiones hablan de una fiesta.
Ese detalle cambia la lectura completa del crimen. puesto que no fue una cita casual ni un encuentro fortuito. Según la investigación difundida, el plan se apoyó en la confianza que existía entre chicas que se conocían.
Por eso, gran parte de la indignación social nace de la traición. Leyla no fue interceptada por desconocidos. Habría acudido al lugar creyendo que estaba con personas cercanas. En casos así, la violencia no solo destruye una vida, también rompe algo básico para cualquier familia, la idea de que el círculo cercano ofrece protección.

El vídeo que hizo aún más doloroso el duelo de su madre
La madre de Leyla, Carmen Angélica Becerra, no solo enfrentó la pérdida de su hija. También tuvo que asimilar que circulaba un vídeo del crimen y que ese material llegó hasta sus manos después.
No hace falta repetir detalles para entender el impacto. Recibir una grabación así altera el duelo, lo vuelve más crudo y prolonga el trauma. La muerte deja de ser una noticia terrible y pasa a convertirse en una escena que invade la memoria familiar.
Ese elemento explica por qué el caso dejó de ser una nota local. La dimensión humana, sumada a la crueldad registrada en imágenes, provocó una respuesta nacional de rabia, tristeza y preguntas sobre cómo un conflicto adolescente pudo llegar tan lejos.
Lo que se sabe de la investigación, el motivo y las sentencias
Hasta abril de 2026, hay varios puntos que aparecen de forma consistente en la cobertura. El primero es que las dos menores confesaron su participación, según la Fiscalía General de Justicia del Estado de Sonora y reportes retomados por la prensa. El segundo es que la causa probable del crimen, según líneas de investigación citadas por medios, apuntó a una rivalidad sentimental.
También hubo una pista inicial sobre un adulto. Sin embargo, esa línea no terminó en una acusación formal pública. En reportes posteriores se indicó que ese hombre fue hallado muerto y que la investigación se reorientó a las adolescentes. Por esa razón, conviene distinguir entre versiones tempranas y lo que después quedó asentado en la causa.
La otra gran discusión llegó con las sanciones. Entre finales de marzo e inicios de abril de 2026 se difundió que el sistema de justicia para adolescentes impuso medidas consideradas bajas por la familia y por buena parte de la opinión pública.
La confesión de las menores y la posible rivalidad detrás del crimen
Las confesiones son uno de los ejes del expediente, al menos según la información pública disponible. De acuerdo con autoridades y medios, ambas adolescentes admitieron su participación en los hechos.
Sobre el móvil, la prudencia es necesaria. No hay que presentar como verdad absoluta lo que sigue siendo una línea explicativa basada en reportes de investigación. Aun así, varios medios mexicanos señalaron que el trasfondo pudo ser una rivalidad amorosa, ligada a celos por la relación de Leyla con un joven.
Esa misma cobertura añadió otros datos sobre conflictos previos. Por ejemplo, se habló de acoso, humillaciones en redes sociales y una ruptura de la amistad meses antes del asesinato. La madre de Leyla también ha dicho que sabía que la relación entre las chicas ya estaba dañada, aunque no imaginó el riesgo que eso implicaba.
En otras palabras, el caso no parece surgir de la nada. Lo que se conoce sugiere tensiones previas, señales de hostilidad y una escalada que nadie frenó a tiempo.
Por qué las condenas provocaron reclamos de justicia
La parte más polémica del proceso llegó con las medidas impuestas a las responsables, conforme a la legislación para menores de edad. Este es el dato central que se difundió públicamente:
| Implicada | Edad | Sanción reportada |
|---|---|---|
| Adolescente 1 | 15 años | 2 años y 10 meses de internamiento |
| Adolescente 2 | 13 años | 11 meses de libertad asistida o supervisada |
Para muchas personas, esas sanciones resultaron desproporcionadas frente a la gravedad del crimen. La ley juvenil tiene límites claros por la edad de las acusadas, pero el impacto social no se mide con la misma lógica jurídica. Ahí nació el choque.
La madre de Leyla expresó su dolor en términos muy duros. Su reclamo, retomado por medios, parte de una idea simple y devastadora: mientras las responsables podrían volver a su vida, ella perdió a su hija para siempre y ni siquiera pudo despedirse de ella.
Ese contraste encendió el debate nacional sobre la justicia penal para adolescentes en delitos graves. El juez aplicó la norma vigente, según explicaciones públicas citadas por la prensa. Aun así, la discusión no desaparece, porque mucha gente siente que la ley quedó corta frente a una muerte planeada y registrada en video.
Crédito :La voz de Sonoyta/Facebook; TelediarioMx/Youtube
El dolor de la familia y las preguntas que deja este crimen
Detrás de cada dato judicial hay una familia rota. En el caso de Leyla, esa dimensión es imposible de separar del resto. Carmen Angélica Becerra no solo ha pedido justicia. También ha intentado mantener visible la historia de su hija, para que no quede reducida a un expediente o a un titular.
Ese dolor tiene una fuerza especial porque el caso involucra a menores. La sociedad espera ver errores, peleas o celos en la adolescencia, pero no una violencia extrema de este nivel. Por eso, la historia abre preguntas que van más allá de una sentencia.
Habla del acoso entre jóvenes, del uso de redes para humillar, de los conflictos afectivos que escalan sin contención y de la falta de alertas eficaces. También pone sobre la mesa la necesidad de apoyo psicológico, mediación escolar y atención temprana cuando una amistad se vuelve hostil.
La exigencia de justicia de Carmen Angélica
El reclamo de la madre no gira solo en torno al castigo. También habla de dignidad, memoria y pérdida. Según declaraciones retomadas por medios, siente que el sistema no alcanza a reflejar el tamaño del daño causado.
Su postura ha conectado con muchas personas porque nace de una experiencia límite. Una madre que pierde a su hija de esta manera no discute solo años de condena. Discute la sensación de que nada puede reparar lo ocurrido y de que el proceso legal avanza con un lenguaje frío, mientras la vida cotidiana de la familia queda destruida.
Por eso, su voz se volvió central en la conversación pública. No porque ofrezca respuestas simples, sino porque recuerda algo básico, detrás del debate legal hay una adolescente que ya no está.
Qué revela este caso sobre la violencia entre adolescentes
El asesinato de Leyla obliga a mirar con más seriedad la violencia entre menores. A veces se minimizan las burlas, los pleitos sentimentales o el hostigamiento en redes con la idea de que “son cosas de jóvenes”. Este caso muestra que ignorar esas señales puede salir carísimo.
No todos los conflictos escalan a un crimen, por supuesto. Sin embargo, cuando hay aislamiento, humillación, amenazas o agresión sostenida, la respuesta no puede ser esperar a ver qué pasa. La escuela, la familia y las autoridades locales necesitan tomar esos indicios como alertas reales.
También hay otra lección incómoda. La edad no cancela la capacidad de hacer daño serio. La justicia para adolescentes existe por razones válidas, pero eso no elimina la necesidad de prevención fuerte, intervención temprana y seguimiento cuando ya hay señales de riesgo.
Leyla Monserrat sigue en la conversación pública porque su caso mezcla pérdida, violencia y una sensación persistente de insuficiencia. Su familia enfrenta un daño irreversible. Al mismo tiempo, el país discute si la justicia juvenil tiene herramientas suficientes para responder a hechos de esta gravedad.
En abril de 2026, el nombre de Leyla no solo remite a un crimen atroz. También recuerda que los conflictos entre adolescentes no deben minimizarse y que el dolor de una madre no cabe en una resolución breve.
La herida central sigue intacta: una joven fue engañada por quienes conocía, y ninguna sentencia puede borrar eso. El reto de fondo es doble, hacer justicia dentro de la ley y evitar que otra historia así vuelva a repetirse.
Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial. Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional y un redactor jefe, garantizando así su exactitud, su pertinencia y su conformidad con los estándares editoriales.