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¿Por qué las hojas de los árboles cambian de color en otoño?

Es algo que sucede cada año, y los bosques y sus colores otoñales se convierten en nuestros lugares favoritos para ir a dar un paseo

Como nos acostumbramos a verlos frondosos de verde durante la primavera y el verano, de repente nos parece sorprendente ver como los árboles se visten de naranja y dorado en cuanto llega el otoño.

La ciencia ya ha explicado cómo sucede esto, dejando claro que este bello fenómeno sucede por la desaparición gradual de la clorofila, el pigmento que da a las hojas su color verde. En el proceso de fotosíntesis, esta clorofila tiene el papel de absorber la luz solar y permite transformar la energía luminosa en materia orgánica que será fundamental para alimentar al árbol.

La llegada del frío y la falta de luz

Véronique Vinot es la responsable de la biodiversidad de la Oficina Nacional de Bosques (ONF), y ella explica lo siguiente: «En otoño, debido al frío, pero sobre todo por la falta de luz y los días más cortos, las hojas reciben mucha menos energía y nutrientes».

Con la ida del color verde se viene gradualmente la presencia de los tonos amarillos, rojos y naranjas. Estos pigmentos son los responsables de que los colores amarillo (xantofila), naranja (caroteno) y rojo (antocianina), queden ocultos por la clorofila en los días soleados, evitando todos estos tonos para así recuperar su característico color verde.

Estos pigmentos están más o menos presentes dependiendo de la época y colorean los árboles de forma diferente según la especie y la época del año. Mientras que el arce es conocido por el brillo de sus hojas, la acacia y el ginkgo biloba tienden a volverse amarillos, mientras que el castaño y la castaña, por ejemplo, se vuelven anaranjados y se da un tono marrón.

Lo cierto es que todos los árboles, o casi todos, atraviesan por este fenómeno, excepto algunos tipos de robles como la encina o la coscoja, cuyas hojas caen durante todo el año.

Del mismo modo, tanto las coníferas como los pinos, los abetos y los tejos, renuevan sus hojas a lo largo del año, pero lo más increíble es como consiguen conservarlas durante el invierno. Las únicas excepciones son el alerce, que se encuentra en las montañas y cuyas hojas se vuelven amarillas en otoño antes de caer, pero también el ciprés calvo y la metasequoia.

Muchos no tienen idea de los motivos por los que se produce esta caída, pero lo cierto es que los árboles lo necesitan para poder hacer frente a los últimos meses del año, ya que este es el método que emplean para resistir mejor el complicado frío invernal.

Véronique Vinot continúa explicando: «Este tipo de cambios tan extremos se desencadenan por la formación de un pequeño corcho entre el peciolo (la cola de la hoja) y la rama. Esto significa, de manera sencilla, que la hoja ya no se nutre del árbol, se seca y como consecuencia, se cae».

Pero, una vez en el suelo y descompuestas en humus, las hojas muertas no se pierden para el árbol, ya que estás pasan a proteger y nutrir sus raíces, hasta que se produzca el cambio de estación.

Sin duda alguna, la naturaleza se ha ido diseñando a sí misma para soportar todo tipo de situaciones, no podemos dejar de impresionarnos por este sistema tan hermoso con el que nuestro planeta siempre se mantiene marchando hacia adelante.

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