¿Por qué una persona resulta desagradable? He aquí 4 razones

Giovanni es un hombre joven. Familia burguesa detrás de él. Su padre es funcionario de una empresa extranjera. Su madre es músico. Modelo de hijo. Es bueno en los estudios. Competitivo en los deportes. Disponible. Nunca un capricho. Una preocupación. Excelente carrera universitaria. Título internacional con honores. Domina tres idiomas.

Un hombre brillante. Una carrera convincente. Vive en un lujoso loft de Milán que le regaló su abuela paterna. Se relaciona con las personas adecuadas relacionadas con su entorno laboral. Socio del servicio más refinado de la ciudad.

Todo es perfecto. Al menos eso es lo que parece, pero su vida está fuera de tono.

Una mañana de verano, algo invade sus pensamientos.

Como una gota que cae continuamente en el mismo sitio, crea una perforación emocional en su mente que le hace reflexionar sobre su vida. La sensación que experimenta es desagradable. Le pone nervioso. Irritado.

Nos reunimos en otoño. La cita la hace su secretaria. Llega con mucha antelación. Es la primera vez que se encuentra con un terapeuta, una psicóloga.

La espera le pone nervioso. Se inquieta hasta que se sienta en el despacho. Tiene una actitud arrogante. Parece arrogante. Exuberante.

Mira a su alrededor. Hace una mueca. Se sienta. Está agitado.

Me mira como si buscara un ancla. Le saludo. Sonrío. Dejé que se acomodara en la silla. Le pregunto cómo puedo ayudarle.

Permanece en silencio durante unos minutos.

Parece molesto. Se mueve con inquietud, como si retuviera sus ganas de escapar.

La impresión que me da es la de un niño asustado que espera ser reprendido por algo que no ha hecho bien.

Está tenso. Hay tensión en toda la sala. Su mirada no encuentra un anclaje. Parpadea rápidamente. Se toca continuamente la punta de la nariz.

Después de unos minutos, mirando fijamente a un punto de la pared, dice: «¿Por qué no hay amistades, ni amor, ni afecto real en mi vida? ¿Por qué no puedo sintonizar con la otra persona?».

Dos preguntas interminables que abren un diálogo lleno de emoción y significado. Nos preguntamos por el significado de los vínculos. Sobre la necesidad que nos hace entrar en relación con el otro. Sobre la necesidad de aliviar la sensación de soledad que a veces abruma. También sobre lo importante que es la primera impresión para construir un encuentro.

El primer encuentro en el marco de la terapia pone en marcha procesos psicológicos, más o menos conscientes, destinados a construir una representación de la persona que se tiene delante. Es una especie de espejo. Al conocer a la otra persona nos encontramos con una parte de nosotros mismos.

Promueve una opinión que se basa en una serie de informaciones, como el lenguaje corporal, la forma de conversar, la sintonía, la empatía, la capacidad de escuchar, la forma de ser, la forma de vivir.

Es una fotografía instantánea, a veces puede cambiar con el tiempo, otras veces permanece ligada al recuerdo memorizado.

La experiencia individual influye en el efecto de la primera impresión, hasta el punto de que percibimos inmediatamente si esa persona es simpática o desagradable. Si podemos confiar en ellos o no. Si podemos dejarnos llevar o si necesitamos un escudo protector por miedo a que nos hagan daño.

En cuestión de segundos decidimos si confiar, si defender, si alejarnos, si establecer una conexión.

¿Qué factores comunicamos cuando nos encontramos con el otro? Podemos identificar cuatro:

Belleza

El aspecto físico ayuda a evaluar si una persona es simpática. Una persona atractiva despierta sentimientos positivos tanto en el ámbito privado como en el profesional, eclipsando los aspectos menos positivos. La belleza siempre ha sido el pasaporte al éxito social. La belleza-simpatía tiene un fuerte poder de persuasión. Sin embargo, conocemos a personas muy hermosas que también son insoportables. Esa sensación desagradable crea una emoción de desagrado que lleva a crear una desconexión. La belleza puede ser una vía para captar la atención, pero depende de las personas hacer un buen uso de ella sin utilizarla como arma de arrogancia y desapego.

Simpatía y/o antipatía

La simpatía es una cuestión de piel. Es una reunión en la que nos sentimos como en casa. La aversión está dictada por señales que llegan al otro independientemente de la comunicación verbal. El tono de voz, la postura, la forma de vestir, los gestos, las actitudes son aspectos que pueden provocar antipatía. El mecanismo que nos hace decir me desagrada esa persona surge cuando la persona nos recuerda a alguien que nos desagrada; actúa como un espejo que nos devuelve algo que no aprobamos en nosotros; es una amenaza o un rival; nos devalúa, nos traiciona.

Similitud

Las personas que tienen intereses y opiniones como las nuestras nos atraen y nos gustan. La pertenencia a un mismo mundo de valores y formas de ver el mundo y la vida crea un vínculo fuerte, sólido, comunicativo.

Cumplidos

A todos nos gustan los cumplidos, que nos aprecien, que nos reconozcan. El reconocimiento recibido lleva a reconocerse a sí mismo como capaz de hacer y no hacer, al mismo tiempo que promueve el reconocimiento de los demás. Reconocer y ser reconocido es la base de una vida sana y equilibrada.

El hecho de caer mal tiene raíces que provienen de necesidades insatisfechas, de experiencias de desvalorización que la persona experimenta desde la infancia. Poco a poco, a lo largo de su vida, organiza mecanismos de defensa para soportar el dolor que le produce la falta de reconocimiento.

La incapacidad de entrar en relación con el otro esconde un antiguo sufrimiento oculto en la propia experiencia.

La verdadera vida es siempre un encuentro. Toda vida verdaderamente vivida se basa en encuentros nutritivos y satisfactorios.

También puedes leer: Estos 6 hábitos matutinos te hacen ganar peso rápidamente