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Pareja

¿Qué empuja a una persona comprometida a ser infiel?

La infidelidad en una relación estable no suele ser resultado de una sola causa. A menudo se piensa que quien engaña solo muestra una falla moral, pero la realidad es mucho más compleja. Hoy, el engaño es una experiencia dolorosa y frecuente que atraviesa muchos matices emocionales, psicológicos y sociales. En aproximadamente un tercio de las parejas, alguna vez ocurre una infidelidad, afectando profundamente la confianza, la autoestima y la percepción que ambos formaban de su vida juntos.

Factores emocionales y psicológicos que impulsan la infidelidad

Detrás de la infidelidad suelen hallarse heridas emocionales, insatisfacción interior y dinámicas psicológicas poco sanas. Muchas personas cargan con una baja autoestima: no se sienten suficientes o apreciadas por su pareja y buscan fuera lo que creen que les falta en casa. El miedo a la intimidad o al compromiso genera un alejamiento invisible, donde la cercanía asusta y la evasión se convierte en un refugio, aunque conlleve el riesgo de dañar una relación valiosa.

A menudo, la infancia deja experiencias no resueltas que influyen en cómo una persona se vincula en la adultez. La búsqueda constante de novedad o emociones fuertes fuera de la pareja aparece cuando la rutina y el aburrimiento ocupan el espacio que antes llenaba la pasión. En ocasiones, la infidelidad surge cuando la persona siente que no puede explicar racionalmente su conducta, como si escapara a su control. El acto se vuelve un intento frustrado de cubrir una falta o evitar una angustia interna que pesa demasiado.

El papel del apego inseguro en los vínculos de pareja

La teoría del apego explica gran parte de las tendencias a la infidelidad en adultos. Quienes crecieron con apego ansioso usualmente temen el abandono y, para evitar quedarse solos, buscan validación fuera aunque pongan en riesgo el vínculo principal. Este patrón responde más al deseo de calmar la ansiedad interna que a una decisión reflexiva de dañar al otro. Por su parte, quienes desarrollaron apego evitativo sienten ahogo ante la proximidad y pueden sabotear la relación como una forma de recuperar el control o la autonomía perdida. Muchas veces, la infancia y las primeras relaciones marcan la forma en que las personas se acercan o se distancian en pareja, arrastrando viejos temores y defendiendo su propio espacio aún a costa del daño emocional de ambos.

El deseo de validación y la influencia de la baja autoestima

Sentirse único y valorado se vuelve casi una necesidad vital en muchos vínculos. Cuando eso falta dentro de la pareja, la inseguridad florece y empuja a buscar atención en otras personas. La infidelidad puede convertirse en un “parche” emocional para tapar heridas como el sentimiento de insuficiencia o la sensación de ser invisible para el otro. La constante necesidad de ser admirado, escuchado, o deseado lleva a conductas que, más que relacionadas con el amor propio, revelan una falta profunda de seguridad personal. El problema se agrava cuando el diálogo sobre estas carencias brilla por su ausencia, dejando espacio para que la tentación y la duda crezcan.

Foto Freepik

Dinámicas de pareja, comunicación y entorno

Las rutinas agotadoras, la falta de sorpresa y las conversaciones superficiales erosionan las bases del vínculo y lo preparan para crisis profundas. Muchas parejas no hablan sobre lo que consideran un límite o una traición, lo cual deja el campo abierto a malentendidos y expectativas no compartidas. La desconexión emocional suele crecer lentamente, entre días ocupados, discusiones no resueltas y silencios incómodos. Cuando nadie se atreve a preguntar “¿Cómo te sientes en la relación?” es fácil que aparezcan grietas por donde entra la duda.

Hoy en día, el contexto social, los entornos laborales y la presión de las redes sociales multiplican las oportunidades de contacto con otras personas, facilitando que la infidelidad se vuelva una posibilidad al alcance de la mano. La imagen de relaciones perfectas y la comparación constante con la vida de otros reducen la tolerancia al conflicto o la frustración. De este modo, es más sencillo justificar una ruptura del acuerdo principal cuando el entorno la representa como algo casi inevitable.

Crisis vitales, cambios personales y rupturas en el ciclo de vida

Las crisis existenciales pueden actuar como detonantes de la infidelidad. Suelen coincidir con grandes cambios: la llegada de un hijo, la adolescencia de los hijos, el envejecimiento, una mudanza, la pérdida de trabajo o, incluso, la sensación de vacío cuando los hijos se van de casa. En esos momentos, la identidad de una persona y la solidez de la pareja se sienten amenazadas. Surge, entonces, una vulnerabilidad emocional que favorece que la atención se desvíe fuera de la relación principal, sea en busca de consuelo, admiración o sentido de pertenencia. Estos episodios traen consigo preguntas sobre el propósito de la vida y el valor de lo construido juntos, abriendo espacio a nuevas conexiones que despiertan ilusión o calma temporal.

Influencia de la tecnología y normalización social de la infidelidad

En la actualidad, la tecnología facilita el contacto discreto y el inicio de vínculos paralelos. Redes sociales y apps de citas rompen las barreras físicas, permitiendo conversaciones íntimas sin que la pareja lo note. Esto aumenta el riesgo no solo de encuentros físicos, sino de infidelidades emocionales que muchas veces son igual de dañinas.

El debate social sobre la monogamia y la difusión de modelos de pareja alternativos generan confusión sobre qué se considera traición. En algunos entornos, la infidelidad se presenta como una conducta casi sin consecuencias, lo cual desdibuja los límites y puede dificultar la construcción de acuerdos claros sobre la exclusividad, el compromiso y la fidelidad en el amor.

Un entorno donde la infidelidad es “normalizada” lleva a minimizar el impacto del engaño y dificulta afrontar el daño. Sin un marco claro y acuerdos firmes, la definición de lo permitido es borrosa, lo que eleva la probabilidad de cruzar líneas invisibles bajo la presión de una vida a menudo hiperconectada y saturada de estímulos.

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