“Momia”: La extraña historia del uso de partes de momia como medicina
La palabra “momia” suele evocar un cuerpo vendado y milenario. Pero durante siglos, en Europa circuló otra idea: la “mumia”, un preparado que se vendía como medicina y que, con el tiempo, llegó a hacerse con restos humanos.
Lo sorprendente no es solo el remedio, sino el camino que lo volvió “normal”. Una confusión de traducción, el auge en boticas, un comercio lucrativo y muchas falsificaciones convirtieron la momia en mercancía sanitaria. Luego, la ciencia fue apagando esa moda.
Qué era la “mumia” y cómo nació el malentendido
En tradiciones médicas persas y del mundo islámico, “mumiya” o “mummia” nombraba un betún natural, un tipo de asfalto usado como betún terapéutico. Al pasar esos textos al latín en la Edad Media, el término se mezcló con “mumia”, la palabra asociada a la momia egipcia. Como los cuerpos embalsamados presentaban sustancias oscuras (resinas, grasas, restos del proceso), muchos europeos concluyeron que esa negrura era el mismo remedio, y ese error abrió la puerta a usar momias reales como “materia médica”.
De betún medicinal a polvo de momia
Al buscar la “mummia” auténtica, comerciantes y boticarios acabaron importando cuerpos momificados para molerlos. La práctica ya se documenta en Europa desde el siglo XII y creció a partir de ahí. La mummia dejó de ser un betún concreto y pasó a ser un producto ambiguo, ligado a resinas y a una confusión que beneficiaba al mercado.
Cuando la momia se vendía en boticas, usos y creencias médicas
El consumo de “mumia” se popularizó sobre todo entre los siglos XVI y XVII, y en algunos lugares se mantuvo, de forma residual, hasta el XIX. No era un capricho marginal. Formaba parte de una medicina que mezclaba tradición, autoridad de textos antiguos y necesidad en un mundo sin antibióticos.
Se recetaba para golpes e inflamaciones, dolor de cabeza, problemas de estómago y úlceras, infecciones graves como la peste, crisis nerviosas, epilepsia y hasta cáncer. La “mumia” podía tomarse mezclada con vino, agua o jarabes, o aplicarse en ungüentos. En la etiqueta, lo oscuro y lo antiguo sugerían potencia curativa, aunque esa promesa no tuviera base real.
La “medicina caníbal” y la idea de absorber fuerza
La “mumia” encajaba en una lógica más amplia que hoy suena extrema, pero entonces resultaba coherente: la idea de que el cuerpo podía transmitir salud. En Europa circularon remedios hechos con sangre (recomendada para la epilepsia), grasa humana en pomadas y polvo de cráneo. Los boticarios no actuaban al margen de su tiempo, trabajaban dentro de un marco médico donde la materia humana se veía como una fuente posible de vigor.
El negocio de las momias, falsificaciones y el fin de la moda
El comercio se organizó con importaciones desde Egipto y distribución por ciudades europeas. La demanda elevó precios y empujó prácticas abusivas, desde el expolio de tumbas hasta el tráfico de restos. Cuando el suministro escaseó, llegó lo previsible: la falsificación.
Se vendieron mezclas adulteradas y también “momias” hechas con cuerpos recientes, secados o tratados para parecer antiguos. A medida que avanzaron la anatomía y la química, aumentó el escepticismo y se cuestionó la eficacia real. Entre el siglo XVIII y finales del XIX, la “mumia” fue perdiendo su lugar en la medicina.
Egiptomanía y el espectáculo de desenvolver momias
En el siglo XIX, el interés por Egipto también se volvió show. Hubo actos públicos de “desenvolver” momias, envueltos en discurso científico pero cercanos al entretenimiento. En 1834, Thomas Pettigrew organizó en Londres una demostración de este tipo, un ejemplo claro de cómo la egiptomanía convirtió restos humanos en espectáculo.
La historia deja un rastro incómodo y útil: de la “mummia” como betún a la “mumia” como polvo, del prestigio en boticas al comercio y la falsificación, y del entusiasmo a la caída por cambios en la ciencia, la medicina y la forma de entender la evidencia.
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