Dieta Alcalina: Cómo seguirla correctamente para combatir la acidosis
La dieta alcalina promete “equilibrar” el cuerpo y combatir la llamada “acidosis” con un patrón de comida basado en frutas y verduras. Por eso atrae a quien se siente hinchado, cansado o con digestiones pesadas y busca una explicación simple. Pero conviene partir de una idea clave: el organismo regula el pH de la sangre con una precisión extrema (aproximadamente entre 7,35 y 7,45) y la comida no lo cambia de forma importante. Si lo hiciera, sería peligroso. Aun así, seguir este enfoque puede tener un beneficio real y muy práctico: empuja a reducir ultraprocesados, mejorar la calidad del plato y beber más agua. En otras palabras, puede ayudar por hábitos, no por “alcalinizar la sangre”.
¿Qué significa alcalino en alimentos y qué es la acidosis de verdad?
El pH es una escala que mide acidez o alcalinidad. En la dieta alcalina se etiqueta a ciertos alimentos como “ácidos” o “alcalinos” según el efecto que dejan tras metabolizarse, algo que puede reflejarse en el pH de la orina, no en el de la sangre. En medicina, la acidosis es otra cosa: un descenso del pH sanguíneo por debajo de 7,35, asociado a problemas metabólicos o respiratorios, entre otras causas. No es lo mismo que la acidez estomacal o el ardor. Si hay síntomas persistentes, lo sensato es consultar con un profesional y no auto-diagnosticarse por tendencias de redes.
Lo que sí puede cambiar la dieta: carga ácida renal y calidad de la comida
Lo que suele mejorar con este patrón es la “carga” que gestionan los riñones. Una alimentación alta en proteína animal y productos muy refinados puede aumentar esa carga; una dieta con más vegetales suele aportar potasio, magnesio y fibra, y eso favorece un mejor perfil general. No es una cura milagrosa, pero sí un empujón hacia comida más real.
Cómo seguir una dieta alcalina correctamente sin caer en extremos
Aplicarla bien se parece menos a perseguir un número de pH y más a ordenar la despensa. Una guía flexible es pensar en una proporción aproximada tipo 80/20, donde la mayor parte del plato sale de alimentos vegetales y el resto se ajusta según necesidades y contexto. En la compra, la persona prioriza verduras variadas, frutas, legumbres, frutos secos y granos integrales, y deja para ocasiones los productos muy procesados. En la cocina, funciona el “plato fácil”: base de verduras, una porción de legumbre (lentejas o garbanzos), un cereal integral (arroz integral, quinoa) y una grasa saludable (aceite de oliva, aguacate). Esa estructura es simple, sostenible y suele mejorar saciedad y energía.
Alimentos que conviene aumentar y los que es mejor limitar (sin demonizar)
Conviene aumentar verduras, frutas, legumbres, quinoa o trigo sarraceno, y agua. Es mejor limitar ultraprocesados, bebidas azucaradas, alcohol, exceso de azúcar y carnes rojas muy frecuentes, ajustando porciones sin prohibiciones rígidas.
Errores comunes: agua alcalina, miedo a la fruta y promesas de curación
No hace falta comprar agua alcalina: el estómago mantiene un medio ácido y el cuerpo regula el pH sanguíneo igual. El limón puede encajar como parte de la hidratación o en ensaladas, sin prometer “alcalinizar la sangre”. La fruta no es el enemigo, aporta fibra y micronutrientes. Y un punto importante: no hay evidencia sólida de que esta dieta cure cáncer u otras enfermedades por cambiar el pH.
Señales de que el enfoque está funcionando y cuándo pedir ayuda médica
Cuando se aplica con calma, las señales más razonables son hábitos más estables: menos antojos de ultraprocesados, mejor saciedad, digestiones más ligeras y energía más regular a lo largo del día. También puede mejorar la hidratación y la calidad del sueño, porque se cena más temprano y más ligero. En cambio, hay banderas rojas que no se deben ignorar: debilidad intensa, respiración extraña, confusión, vómitos persistentes o antecedentes de enfermedad renal. La acidosis médica requiere evaluación y pruebas, no suposiciones basadas en la orina o en sensaciones.
Quien quiera usar este enfoque puede verlo como una brújula: más alimentos reales, más vegetales, menos procesados, y cero obsesión por el pH. Con enfermedades previas, embarazo, diabetes o problemas renales, lo prudente es hacerlo con seguimiento profesional. Al final, lo que más pesa no es “comer alcalino”, sino comer mejor, de forma constante y sin miedo.