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En forma

Un profesor de nutrición explica cómo reconocer si tu metabolismo es lento o rápido

¿Hay gente que “come de todo” y no sube, y otra que mira un pan y ya nota el cambio? Un profesor de nutrición suele empezar con una idea simple: el metabolismo no es una etiqueta fija. Cambia con el músculo, el sueño, el estrés, las hormonas y los hábitos del día a día.

Por eso, “lento o rápido” no se reconoce por un síntoma suelto, sino por patrones que se repiten durante semanas. La báscula ayuda, pero no manda. El cuerpo da pistas más finas, como la energía al despertar, la tolerancia al frío o cómo responde el apetito.

Qué es el metabolismo y por qué no se ve solo en la báscula

El metabolismo es la energía que el cuerpo usa para vivir. Incluye respirar, mantener la temperatura, digerir, pensar y moverse. Aunque dos personas coman parecido, pueden gastar distinto por factores como masa muscular, edad, sexo, genética, nivel de actividad, calidad del sueño y estrés.

El peso, además, se mueve por agua, glucógeno y digestión. Una semana de retención de líquidos puede ocultar cambios reales. Por eso, el profesor insiste en mirar tendencias y sensaciones diarias, no solo un número.

Metabolismo basal, energía diaria y la pista de la temperatura corporal

El metabolismo basal es la energía mínima que el cuerpo gasta en reposo, como el “motor al ralentí” que sigue encendido incluso sentado. Cuando ese motor produce menos calor, una persona puede notar frío con facilidad, sobre todo en manos y pies. No es una prueba definitiva, pero puede ser una pista cuando aparece junto a otras señales.

Señales típicas de un metabolismo lento (y cuándo preocuparse)

Un metabolismo más lento suele notarse en conjunto: facilidad para subir de peso o dificultad clara para bajarlo, cansancio constante, frío frecuente, digestión lenta o estreñimiento, piel seca, caída de cabello, uñas frágiles, retención de líquidos y niebla mental.

El matiz importante es que estas señales también pueden aparecer con poco sueño, estrés alto o dietas demasiado bajas en calorías durante semanas. Cuando los síntomas son nuevos, intensos o van a más, conviene hablar con un profesional y valorar la tiroides con una analítica, con TSH como punto de partida.

Foto FFreepik

Cómo diferenciar un metabolismo lento de una dieta mal ajustada

Comer muy poco puede bajar la energía y el rendimiento, y el cuerpo se vuelve “ahorrador” en el día a día. Si faltan proteínas y fibra, empeoran el hambre y los antojos, y se hace más difícil sostener el plan. También influye el movimiento: menos pasos y menos fuerza reducen el gasto total.

La clave está en observar si hubo cambios recientes (turnos, estrés, menos actividad, recorte de comida) y si la fatiga mejora al ajustar sueño, proteína y rutina. Si no mejora, toca investigar.

Señales de un metabolismo rápido y señales que no conviene normalizar

Un metabolismo más “rápido” suele verse como facilidad para mantener o perder peso, sensación de más calor corporal, digestión más rápida y energía más estable. Aun así, hay señales que no se deben celebrar: pérdida de peso sin buscarla, palpitaciones, temblores o ansiedad marcada. En esos casos, el profesor recuerda que podría haber un problema médico, como una tiroides hiperactiva.

El pulso en reposo y la energía del día como pistas simples

El pulso en reposo puede orientar, sin convertirlo en diagnóstico casero. Un pulso muy bajo con cansancio puede acompañar un ritmo corporal más lento; un pulso alto en reposo, si se repite, se debería revisar. Lo prudente es medir varios días, en calma, y sin cafeína antes.

Pruebas caseras seguras para orientarse sin caer en mitos

Para tener una foto más real, el profesor propone registrar siete días. La temperatura al despertar (si suele ser baja), el pulso en reposo y un diario breve de energía y hambre aportan contexto. Si se anota también el sueño, los pasos y lo que se come, es más fácil ver si el problema es falta de descanso, una dieta pobre o algo hormonal.

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Cuándo pedir analítica y qué preguntar en consulta

Se recomienda consultar ante cambios bruscos de peso, cansancio intenso, intolerancia marcada al frío o al calor, caída de cabello llamativa o palpitaciones. En consulta, suele tener sentido preguntar por tiroides (TSH y, si procede, T4), y según el caso, hierro y vitamina D.

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